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LA MASCARADA

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LA MASCARADA

Mensaje por Eternal Rose el Mar 11 Dic - 18:28

Hola!! Como estan? Hoy quiero compartir con ustedes un pequeño cuento basado en Masquerade, espero les guste...
Saludos :Flower_For_You:

LA MASCARADA
Primero, fue la oscuridad, cual agujero negro que me tragaba y anulaba mis sentidos. Daba vueltas, sin saber lo que hallaría a mí alrededor, pues todo era absolutamente negro. Simplemente, no había nada…
Luego, un punto de luz blanca apareció frente a mí. La luz creció, y se hizo más grande… hasta envolverme completamente, y cegarme con su magnífico resplandor. Ahora, todo es absolutamente blanco.
Después, borrosas manchas de color surgieron. Las manchas se fueron aclarando lentamente, y todo tuvo sentido. Momentos más tarde, nítidamente se mostraba frente a mí, un extraño escenario.
Me hallaba en medio de un gran salón de baile, uno de esos viejos salones que los palacios de la Francia antigua poseían, uno de esos salones que recibían cientos de invitados, y albergaban los más ostentosos bailes de la época.
El piso era de pulidas baldosas cuadradas, blancas y negras en posición intercalada, cual clásico tablero de ajedrez. El suelo era tan brillante, que casi podía ver mi reflejo en él. Las paredes eran del más pulcro blanco, con decoraciones rectangulares de oro y velas blancas por doquier. El techo era igual de blanco, y una gigantesca araña dorada colgaba del medio. Adornada con colgantes de cristal, que quizás eran diamantes. El techo y el suelo eran unidos por grandes columnas de plata, de diseño artísticamente deformado, que le daba el aspecto de papel aluminio arrugado.
Pero no me hallaba sola… la ostentosa sala estaba repleta de gente. Gente de la alta clase social de aquella época, aristócratas… La gente charlaba, reía, muchos bailaban el melodioso minué que era interpretado por la orquesta en un iluminado rincón de la sala.
Los caballeros de porte distinguido, con los trajes que representaban sus respectivos títulos de sociedad. Las damas, con elegantes y pomposos vestidos, de esos vestidos que siempre he querido usar. Recuerdo haber tenido ese extraño anhelo desde muy pequeña. Era el perfecto cuadro de un baile de la aristocracia francesa, excepto por algo muy extraño: todos usaban máscaras.
No recuerdo como llegué aquí, no recuerdo haber viajado en el tiempo, pero ahora… es como si fuese invisible a sus ojos. Nadie parece ser capaz de verme, nadie se da cuenta de mi presencia, nadie toma noticia de mí. Con el cuerpo tembloroso, y mi mente desbordando preguntas, elevo un pie con cautela, y me atrevo a dar un paso al frente. Grave error…
Ahora todos me miran, la música se ha detenido, las conversaciones han cesado, los bailarines yacen inmóviles. Todos me observan… la sangre caliente sube a mis mejillas, y siento un nudo en el estómago. Es ese incomodo momento, cuando las personas voltean a verte porque hiciste algo que estuvo fuera de lugar. Como cuando te llaman la atención por estar distraído en clase, o como cuando llegas tarde a un evento y ya todos están reunidos. Silencio, mas silencio y acusadoras miradas penetrantes, que buscan el mas mínimo defecto en cada partícula de mi ser. El silencio es roto y se escuchan murmullos, algunas risitas quisquillosas, y varias frases en un extraño idioma que no entiendo. Los murmullos se transforman en barullo, acompañado de más frases que fácilmente podían interpretarse como burlas.
¿Quiénes son estas personas? ¿Qué es este lugar? ¿Cómo llegué aquí? Y lo más confuso ahora… ¿Por qué se ríen de mí?
Bajo la mirada, para encontrar mi cuerpo cubierto con un vestido corto de color blanco, un vestido de fiesta de mi época moderna. Una cinta negra se ajustaba a mi cintura, y terminaba amarrada en un bonito listón con una esmeralda en medio. No tenía mangas, ni tirantes, y la falda me quedaba por sobre la rodilla. Observo mis pies, llevan altos tacones plateados y calados. Levanto ligeramente los brazos, hasta ubicarlos frente a mis ojos, llevaban varias pulseras y brazaletes. Mi cabello está suelto, y cae cubriendo gran parte de mis hombros. Un collar de plata, adornado con pequeñas esmeraldas similares a la del listón, descansa sobre mi clavícula.
Alzo la vista y encuentro más personas, más críticas, más murmullos, y más burlas… Seguramente eran con respecto a la altura del vestido y mis hombros descubiertos, o los zapados que posiblemente ellos consideraban extraños, a diferencia de los delicados zapatos de fieltro que se solía usar. Quizás también se debía a la ausencia de una máscara que cubriera mi rostro. Oí mas risas, y luego todos se volvieron, dándome la espalda y dispuestos a olvidar mi solitaria e insignificante presencia. La música llenó el lugar, nuevamente las parejas bailaron, las personas retomaron sus respectivas conversaciones, y todo volvió a ser exactamente igual que antes.
Avanzo con cautela a lo largo del salón, hay una puerta al otro lado, pero está cerrada. Me detengo frente a ella, sin saber qué hacer. Necesito salir de aquí, necesito olvidar el reciente suceso, necesito volver a casa, a mi mundo, a mi época. No quiero estar más en este salón de gente maleducada y grosera que me hizo pasar una enorme vergüenza. Dejo caer los brazos a los costados de mi cuerpo y observo en todas direcciones, buscando una solución, o una salida…
Miro a la izquierda, hay más personas, giro la cabeza en dirección opuesta y encuentro a un extraño hombre observándome. Es muy alto y muy joven, usa una camisa negra y una larga chaqueta roja abierta con hombreras doradas y bordados del mismo color en las mangas. Usa un pantalón de cuero negro y botas también de cuero, hasta la rodilla, amarradas a corsé. Sus cabellos son muy rubios y lacios, bastante crecidos y brillantes la luz de las velas. La mitad de su rostro, de piel muy pálida, está cubierto por un antifaz negro con bordes dorados. Dicho antifaz deja ver sus grandes ojos azules y claros, tan puros y cristalinos como el agua de un manantial. El hombre apoya la espalda en una de las columnas plateadas y cruza los brazos sobre el pecho, observándome fijamente, pero su mirada es amable. Se me ocurre que quizás, él pueda ayudarme.
Avanzo con cautela en su dirección, pero veo una sonrisa dibujarse en sus rojos labios. Dejo de avanzar, y me pregunto… ¿Esto es lo correcto? Quedo inmóvil, parada frente a él, no sé qué hacer, decir… ni siquiera sé que pensar. Desvío la mirada a otro sitio, a la gran puerta que está a varios metros de mi ubicación. ¿Qué hacer?
-¿No es ridículo?– pregunta una voz profunda, la voz del hombre que me observa. Dirijo mi mirada de vuelta a él, y observo sorprendida sus brillantes ojos. Aún soy incapaz de articular palabra. Pasan los segundos y me atrevo a responder.
-¿Qué cosa?- el hombre levanta la mirada y observa a las personas que bailan al rededor, ajenos a nuestra presencia. Yo solo observo la belleza de su rostro, no tendría más de veinticinco años de edad.
-Todas esas pobres almas… bailando en medio del salón, como si faltara la razón de su existencia. Están condenadas a bailar el mismo baile, en el mismo lugar, sin detenerse, sin sentir, sin ver más allá de sus ojos. Pasarán los siglos, las décadas, los años, y las almas continuarán la danza de la eternidad. Bailarán por mucho tiempo…–aún lo observo en silencio, confundida.
-Yo… no comprendo…- mi voz suena desconcertada.
-Permítame esta pieza, unamos nuestras almas en un minué de amor y tristeza- dice haciendo una reverencia, y ofreciéndome una mano. Me decido rápidamente, y acepto la invitación. Tomo su mano, y dejo que me lleve hasta la el mismo centro del salón. Pasa una mano por detrás de mi cintura, y ciñe mi talle, sujetando con firmeza mi otra mano. Yo dejo la mano libre sobre su hombro y comienzo a moverme al ritmo del minué.
Pero voy muy despacio, entonces, decido imitar sus movimientos. Un pie de ida y de vuelta, balanceándonos de un lado a otro, como un péndulo. Luego, suelta mi cintura y eleva un brazo, haciéndome dar vuelta, continúa con una reverencia, para volver a juntar nuestras manos, y regresar al paso anterior. Yo imito cuidadosamente sus movimientos. Él es más alto que yo, pues soy solo una quinceañera, perdida en este extraño mundo de almas danzantes que él afirma contemplar. Con el paso de los minutos, le encuentro la gracia al baile, y ahora pienso que es divertido.
-No se acostumbre… es muy peligroso.- afirma el joven. –Vuestra alma puede quedar atrapada aquí con las demás, y una flor tan bella no ha de sufrir semejante crueldad.
-Disculpe usted, pero aun no comprendo lo que dice. –contesto seriamente, pues ahora ese hombre me inspira confianza. Elevo un brazo, y hago otra reverencia, para luego dar una vuelta y volver a sus brazos. Continúa la danza, nada nos detiene.
-El mundo es como una mascarada, donde enmascaradas las almas danzan en el baile, y solo los ojos abrazan el reflejo de nuestra verdad. –observo curiosa nuevamente sus ojos, pues jamás escuché palabras tan sabias como aquellas. Pero no quiero dejar la danza, si la dejo… me apartaré de la calidez de sus brazos. No quiero sentir la soledad.
-¿Y qué pasaría… -comienzo a preguntar –si mi alma quedara atrapada aquí por siempre?
-Entonces vuestros bellos ojos serían cegados, y el sentido de vuestra vida se vendría abajo.
-¿Y cuál es el sentido de mi vida? – le pregunto con curiosidad.
-Vuestros sueños, vuestra verdad. La realidad que vos habéis creado para vuestro existir. –responde con seguridad el rubio joven.
-Le digo, mi señor… que intento comprender…- hablo con la misma diplomacia que él, para no echar a perder la magnífica conversación.
-No puedo dejaros sola, cuando cierro mis ojos. Como un diluvio de estrellas, se beberá hasta el fondo la luz de la luna, pero así estaría bien, la oscuridad se quedaría para toda la eternidad… –dijo apoyando ligeramente mi espalda en uno de sus brazos, como indicaba la danza. Di más vueltas, giramos en sentido del reloj y volvimos a juntarnos para continuar la armoniosa danza. He aprendido los pasos con facilidad.
-Entonces no lo haga, no me deje sola en esta mascarada. –respondo ahora sin ganas de volver a casa. –Prefiero quedarme aquí, bailando eternamente, que volver a mi desdichada realidad, aquel mundo marchito que camina hacia el caos. –mis palabras me sorprenden, de pronto hablo como él, con esa seguridad, y un poco de sabiduría.
-¿Cuál es vuestro nombre? –pregunta curioso el joven. Indispuesta a revelar mi identidad, le respondo con otra pregunta.
-¿Cuál es el suyo? –el hombre me observa, y luego contesta.
-Yo soy la verdad. –inconforme con su respuesta, decido jugar al mismo juego.
-Yo soy la soledad, y necesito de vuestra compañía para dejar de serlo, quiero ser alguien más.
-¿Por qué insiste, mi lady? ¿Por qué se rehúsa con todas sus fuerzas a volver a su hogar?
-Porque no quiero volver, quiero quedarme aquí. – respondo con viveza, y sin sentido.
-Sois tan terca… -sonríe el hombre –Sois como una bella rosa, cuales defectos son espinas y sus pétalos belleza. Pero así os quiero, y no quiero que pierda su bondad. Debe volver, afrontar la realidad, brindar vuestra luz al mundo de colores oscuros que los de su especie han pintado. Vivamos con grandeza, las alegrías y las tristezas, hasta convertirnos en la bella rosa que lleváis dentro. En un lugar lleno de estrellas, nací solo para conoceros. Creo en el sentido del destino, y creo en vos. –el hombre se detiene, y avanza hacia la puerta cerrada sin soltar mi mano. Sostiene firmemente el manillar dorado, y empuja ambas puertas de roble, que se abren y dejan ver el blanco vacío de la nada. Observo atentamente cada uno de sus movimientos. No me atrevo a decirle nada.
-Venga… os invito a la eternidad… - dice él haciendo un ademan con la mano e invitándome a cruzar el gigantesco umbral. Sé que debo hacerlo, sé que debo aceptar… sé que él tiene razón y me dice la verdad. –No tenga miedo… que yo estaré siempre con usted, y nuestra rosa jamás se marchitara. –ahora con seguridad, cruzo la salida. La luz me envuelve, y él desaparece.
Despierto en la fría oscuridad de mi habitación, aún es de noche. Mi cuerpo, bañado por un frío sudor, tiembla. Fue solo un sueño… Pero él dijo que estaría siempre a mi lado, ahora… ¿tendría que afrontar sola el destino? Aprieto los puños con fuerza y siento un dolor agudo en la mano derecha. Es una rosa… una rosa roja que con sus espinas me ha dañado. La pregunta es… ¿Cómo llegó allí? Recuerdo que él dijo que nuestra rosa no se marchitaría jamás. Si eso es cierto, entonces él está conmigo ahora.
Restriego mis ojos con sueño y me dejo caer en la suavidad de mi cama. Afrontaría la realidad, con su rosa en mis manos y la valiosa verdad que me había contado.

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Re: LA MASCARADA

Mensaje por Himenita SaMa el Miér 12 Dic - 0:29

esta hermoso me encanto eres grande :Clapping:
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Re: LA MASCARADA

Mensaje por Eternal Rose el Vie 14 Dic - 19:45

Gracias Himenita, me alegra que te haya gustado. :Flower_For_You:
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Re: LA MASCARADA

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